lunes, 11 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (I)

Con la idea de presentar un panorama de la traducción en Chile, a lo largo de esta semana el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires va a subir un breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. El primero de ellos es Pedro Ignacio Vicuña (1956), poeta, traductor, actor y director teatral. A la fecha, ha traducido al castellano la obra de Odysseas Elytis, Georgios Seferis y de varios otros poetas griegos y chipriotas. Como poeta y escritor, ha publicado Fataj, Estatuto del Amor, Peix ton Teikhon, Notas de Viaje, Fragmenta Memoriae, Famagusta y Bitácora del Otro Mar.

     “No es tema, ni para las editoriales ni para el Estado” 

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
–Comencé a traducir a mis 18 años, cuando conocí la poesía de OdysseasElytis. Mi primera traducción fue su poema “Aniversario”, que de tanto repetirlo en griego (lo aprendía de memoria para rendir exámenes de ingreso a la Escuela de Arte dramático del Teatro Nacional de Atenas), de pronto comenzó, solo, a salir en castellano, en una extraña mezcla en la que se “colaban”, entre los versos griegos otros que espontáneamente sonaban en castellano.  Entonces me di cuenta de que otros, como mis padres, por ejemplo, podrían gozar de una poesía que me cautivó y me abrió otros mundos; como ellos no hablaban griego, me propuse traducir esa poesía que me había sorprendidocon su serenidad y profunda osadía lírica. La razón para traducir, me he dicho a mí mismo muchas veces, sin que eso corresponda, necesariamente, a la verdad porque quizás la razón verdadera sea un misterio insondable, fue la de intentar probar cómo sonaba esa poesía en mi lengua materna. Me pareció que el intento fue exitoso y entonces seguí traduciendo. Hoy en día, he seguido haciéndolo porque me parece que desde el punto de vista de la creación literaria, la historia social tiene momentos que podrían ser muy similares o paralelos  –al menos entre Grecia y Chile que es lo que yo conozco– que se han afrontado desde la palabra y su interpretación del mundo desde lugares opuestos y quizás, en la poesía griega, pienso, haya alguna clave que nos permita mirar nuestra historia de manera distinta y más esclarecedora.

–¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
–A veces tengo la impresión de que se eligen solos, ellos a sí mismos, en la medida que me resuenan en alguna parte del universo sensitivo. A veces la razón es, simplemente, cuando entiendo que proponen una mirada que me abre un nuevo entendimiento, que me produce algún descubrimiento que quisiera compartir con otros, con gente que quiero y que me importa.

–¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
–Es una relación ambivalente, porque para poder verter una lengua a otra debe producirse, en mi caso al menos, una reelaboración que pasa por la apropiación del poema del otro, recreando imaginariamente –en realidad imaginando– el estado de espíritu, de alma, el peso sensitivo que ha producido el determinado poema o verso. En ese sentido, siempre el poeta traducido mete una cuña en mi visión y percepción sensitiva del mundo, muchas veces proponiendo, en el inconsciente, formas o soluciones poéticas que quizás no hubiese encontrado con anterioridad. A veces la influencia se hace notoria y, entonces, instala una suerte de barrera autocrítica que frena la propia palabra y se instala un período de sequía que puede acompañarme por tiempos largos o en una suerte de gusano que se pregunta de manera persistente si lo que sale de la mano o de la boca es propio mío o es el otro que se apropia de mi cuerpo y mi voz para seguir hablando, ahora, en el nuevo idioma que ha encontrado.

–¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
–En verdad no sabría qué responder, cualquier cosa que se diga va a ser siempre una visión sesgada porque no hay un interés sistemático por la traducción que provenga, por ejemplo de las editoriales más formalmente establecidas. En mi caso personal, me toca lidiar con un hecho de suyo dificultoso: la literatura griega, en general, aparte de Cavafy (o Kavafis) no es ni muy difundida ni se perfila en el horizonte como algo que presente, a priori, algún interés, como si ocurre con el caso de las lenguas de la Europa occidental. Sin embargo, las editoriales más nuevas que han surgido desde la periferia del establishment editorial, muchas de ellas poniendo énfasis en la poesía, han comenzado a abrir una puerta importante para las traducciones. Por ejemplo Descontexto, con las traducciones de Juan Carlos Villavicencio y de Armando Roa, por citar a algunos; lo que hace Das Kapital, que incorpora a su catálogo traducciones de poesía, Ernesto Pfeiffer, etc. Creo que la cosa está empezando a cambiar gracias a las iniciativas de la edición independiente y, como siempre, se espera que el interés por las traducciones crezca todavía más. Creo que es muy importante que se desarrolle un gran movimiento de la traducción en Chile porque me parece una muy mala idea depender de las traducciones españolas que no siempre son muy felices.
                       
–¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?

–No lo tengo muy claro, de hecho me llama la atención el que nuestro Consejo Nacional del Libro y la Lectura no promueva la traducción de obras extranjeras a nuestra lengua y se vea más bien interesado en la traducción de nuestras obras a otras lenguas, lo cual por cierto no está para nada mal, pero es insuficiente. Tengo la sensación de que esto se da porque no se entiende que la traducción literaria es un acto de creación, de recreación literaria que enriquece el panorama de la creación nacional y que se la entiende como algo de orden utilitario, un mero acto de decodificación cuyo nicho industrial ya ha sido ocupado por editoriales de otros países hispanohablantes. Me parece que, en realidad, la traducción como actividad no es tema, ni para las editoriales ni para el estado de Chile. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

"Los libros no desaparecerán porque sencillamente son bellos. Y los libros electrónicos son feos"

Guillermo Piro, en su columna semanal del diario Perfil, publicó el pasado 4 de diciembre la siguiente reflexión sobre las razones por las que los libros físicos no van a desaparecer. 
Las fotos que ilustran  esta entrada son todas del fotógrafo británico Simon Brown.


El peso imposible de la belleza

Además de las que los viejos libros cuentan en sus páginas, los libros viejos tienen sus propias historias. Simon Brown es un fotógrafo londinense que retrata esos libros. Uno de sus trabajos se titula “The Weight of Knowledge” (El peso del conocimiento); la serie se está exponiendo por ahí desde hace años, pero recién ahora di con algunas fotografías en la web. Al parecer el hijo adolescente del fotógrafo se encontraba sumergido en el estudio por un examen para el General Certificate of Secondary Education (GCSE), una serie de pruebas que los estudiantes británicos tienen que rendir a los 16 años. Brown tuvo una idea para levantarle el ánimo: apiló algunos libros sobre un banco y sacó una foto. “Llamé a la foto “El peso imposible del conocimiento”, aludiendo a lo difícil que puede resultar aprender”, explicó Brown; “mi hijo tiene un carácter complicado y dijo que la ocurrencia había sido buena”.

Después de ese episodio, Brown se puso a fotografiar otros libros que fuesen especiales, que tuvieran alguna carga histórica, y cuyo aspecto exterior lo diera a entender. Algunos de estos libros provienen de su biblioteca, otros los encontró mientras viajaba por Gran Bretaña, Irlanda y Francia, ocupado en otros proyectos. La foto “Libros salvados del fuego”, por ejemplo, la sacó mientras estaba haciendo fotografías en un castillo francés para el libro Romantic French Homes. “Otra fotografía la saqué en una gran casa de campo inglesa. Estaba en la biblioteca y tomé un montón de libros sin prestar mucha atención, los acomodé, saqué la foto y los volví a acomodar como estaban”, dijo. “Lo que no había entendido era que algunos de esos libros eran del siglo XVI y XVII y tenían un valor inestimable. Hubiese podido meterme en problemas de haber roto uno”.

En los casos en que lo que rodea a los libros es tan bello como los libros mismos, Brown lo fotografía, capturando estantes de bibliotecas antiquísimas y salones fantásticos. Otras veces hace primeros o primerísimos planos, concentrándose en las texturas y los colores. Las fotografías de Brown están sacadas siempre con luz natural, porque con esa luz, como pasa con los libros mismos, siempre “hay alguna cosita que no va”. Apila los libros unos sobre otros, en equilibrio, lo que a fin de cuentas pone un poco nervioso al espectador –a mí, al menos. Para ser precisos: vi todas las fotos disponibles muchas veces y nunca dejo de tener la impresión de que de un momento a otro todo puede caerse –y no tengo dudas de que esta impresión es aplicable a cualquier otro observador. Derrumbe inminente que lleva a preguntarse sobre el futuro de los libros en general en el mundo digital. Muchos otros, yo y hasta el mismo Brown se hicieron la misma pregunta, pero después de haber pasado tanto tiempo con objetos tan viejos y tan resistentes lo que uno llega a concluir es que es imposible que los libros desaparezcan. Dice Brown: “Con el desarrollo de la era digital se esperaba que los libros desaparecieran, pero no lo harán. De algún modo se reinventaron. Tienen una belleza propia, una persistencia propia en el tiempo. Están aquí para permanecer”.

Nada me aburre más que la gente que se pone a enumerar los placeres del papel: subrayar con lápiz, las dedicatorias escritas a mano, el gesto de pasar las páginas, el olor, etc. Me suena como si alguien dijera que es mejor hablar con un teléfono fijo para poder enrollarse el cable en forma de resorte entre los dedos. Los libros no desaparecerán porque sencillamente son bellos. Y los libros electrónicos son feos. Muy feos. Lo que salva a los libros es el peso imposible de la belleza.

jueves, 7 de diciembre de 2017

“Mi educación se vio interrumpida por mis años escolares”

Benito Taibo (México, 1960) es novelista, poeta, periodista y ferviente promotor de la lectura. Además de ser uno de los tipos más culto que uno pueda encontrarse, es increíblemente divertido y francamente generoso. Inició su producción literaria como poeta joven con  Siete primeros poemas (1976), Vivos y suicidas (1978), Recetas para el desastre (1987) y De la función social de las gitanas (2002). Como novelista publicó con Polvo (2010), Persona normal (2011), Querido Escorpión (2013), Desde mi muro (2014), Cómplices (2015) y, en coautoría con Francisco Martín Moreno, Alejandro Rosas y Eugenio Aguirre, Las vergüenzas de México (2014) y Tiempo de héroes y villanos (2016). De paso por Buenos Aires, conversó con la periodista Silvina Friera, quien publicó la correspondiente entrevista en el diario Página 12, del 6 de diciembre pasado.

Defender la lectura por puro placer

El hombre que intenta convertir lo ordinario en extraordinario está convencido de que “leer es resistir”. El novelista, poeta y periodista mexicano Benito Taibo vino a Buenos Aires a presentar Corazonadas (Planeta), novela en la que aparece por segunda vez una dupla de personajes entrañables para los jóvenes que siguen la saga que empezó con Persona normal: el tío Paco, un lector empedernido que tiene que hacerse cargo de su sobrino Sebastián, un niño que a los doce años quedó huérfano. “Qué manía tenemos los seres humanos de dejar nuestra impronta en la tierra, perpetuar nuestras hazañas, esperar con ansia que al final de la vida haya monumentos y calles con nuestro nombre impreso. Sembrar libros, escribir hijos, tener árboles”, reflexiona el tío Paco; manía que tendrá su correspondencia en una experiencia que cuenta Taibo en la entrevista con Página12, cuando con un grupo de amigos decidieron plantar Cien años de soledad en un parque.

–¿Por qué el narrador de Corazonadas dice que “a los niños no hay que educarlos, hay que quererlos”?
–Esa frase es de mi propio padre. Mi padre la repetía como una suerte de mantra laico para que funcione la lógica de la educación sentimental. El mundo sería distinto si no nos empeñáramos en educarlos y en transmitirles valores entre comillas y esas cosas horribles que solo son camisas de fuerza para coartar libertades. 

–La novela es muy crítica con el sistema educativo, aunque no queda más remedio que formarse en él, ¿no?
–Hay una frase de Mark Twain que ha sido una punta de lanza en mi vida: “Mi educación se vio interrumpida por mis años escolares”. Las formas de educar a los alumnos están erradas en el fomento a la lectura. Yo estuve a punto de no ser un lector por la obligatoriedad de leer ciertos textos. A los doce años había leído el Cantar de mío Cid, Guerra y paz, La Ilíada y La Odisea, y no había entendido nada. Odiábamos la lectura porque el libro era una suerte de peso sobre nuestras espaldas. Nadie nos dijo nunca que los libros contienen el universo y la mejor de todas las posibilidades de la otredad: tú entras al libro y te conviertes en ese personaje y vives en su piel y sientes agolparse su sangre en tu cuerpo. Esto solo puede ser transmitido por alguien que esté apasionado por la lectura. Si un maestro no es un lector, difícilmente podrá ser un promotor de la lectura. Sí, estoy en contra de los sistemas escolarizados.

–¿La escuela hace mucho daño a la lectura?
–Sí, especialmente a la lectura por placer. Yo estoy convencido de que el mejor sistema de fomento de la lectura que puede haber es que los libros estén cerca de los posibles lectores. Que los precios de los libros sean accesibles, que haya bibliotecas en lugares remotos y que los autores se atrevan a ir a esos lugares remotos para contar esas historias. No voy a decir que la literatura crea mejores personas, porque un asesino serial no será mejor persona si lee Rayuela. Pero la literatura sirve para que las almas extraviadas se encuentren. 

–En los debates sobre el fomento de la lectura se suele esquivar un tema crucial: que los libros en muchos países de América latina suelen ser caros...
–Yo no lo esquivo: los libros son caros. Estuve en una librería recomendando libros para jovencitos, y tomé por casualidad Soy leyenda, de Richard Matheson, uno de los textos más espectaculares de fantasía. “¡Chicos, tienen que leer Soy leyenda!”, les dije y fui hasta el aparatito donde se chequean los precios. No lo va a creer: costaba 829 pesos, un libro de poco más de 150 páginas. Casi me caigo al suelo: es una bar-ba-ri-dad... Es imposible que alguien lo compre. En algún momento tuvimos un subsecretario de Hacienda que, en la peor tradición neoliberal, dijo esta frase, que debería estar con letras de oro en el museo de la ignominia nacional, a un grupo de escritores que estábamos intentando que no se gravara con el IVA al libro: “Señores, ustedes no se dan cuenta de que un libro es un objeto igual a un zapato”. Mi hermano, que estaba ahí, le preguntó: “¿Cuántos zapatos ha leído usted?”. No había leído ningún zapato. La posibilidad de que el libro esté en manos de todos tiene que venir aparejada con un proceso de cambio social. Primero necesitamos que las sociedades de nuestro continente tengan servicios básicos de salud, de vivienda, de trabajo digno, de transporte. Sin todos estos condicionantes previos, no sirve de nada que tengas un país de lectores. El acceso a los libros es una de las patas de la democracia, pero necesitamos las otras patas para que la mesa de la democracia no se nos desmadre y se caiga al suelo.

–Tío y sobrino intentan vivir sus propias aventuras hacia el final de la novela. El poder de los lectores de vivir tantas vidas como libros lea también tiene una deficiencia en términos de experiencia personal, ¿no?
–A los doce años yo sabía dónde estaba Java, Borneo y Sumatra gracias a Emilio Salgari, que nunca salió de Turín. En algún momento de mi vida me dije: tengo que ir a esos lugares para verlos con mis propios ojos”... Todavía no hice ese viaje, pero sé que en algún momento lo haré... Después de haber leído Cien años de soledad un grupo de amigos nos volvimos locos y dijimos: “Tenemos que hacer algo”. No sólo recomendar el libro, que nos había cambiado la vida, sino un acto físico que demostrara la impronta que había dejado en nosotros. Bebimos muchas cervezas y nos fuimos a las dos de la mañana a un parque y plantamos Cien años de soledad porque estábamos convencidos de que muchos años después daría un árbol multicolor, lleno de gitanos y de mujeres que se elevarían y de mariposas amarillas. Veinticinco años después fuimos a buscar el árbol y en el lugar donde plantamos el libro encontramos unos baños públicos. Cuando se lo conté a García Márquez me dijo: “Benito, lo plantaron al revés”. La literatura nos transforma y nos lleva a hacer cosas extraordinarias en tiempos tristes, violentos y ordinarios.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Laura Wittner se dio el gusto y nosotros, también

Laura Wittner (1967) es, además de traductora, poeta. Y en estos días la editorial Gog & Magog acaba de publicar Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016), suerte de poesía reunida, que se cierra con una serie de traducciones (de Patrizia Cavalli, Nicole Sealy, Frank O'Hara, Lydia Davis, Billy Collins, Giusi Quarenghi, Giorgio Vasta, Dylan Thomas y Raymond Carver) y con tres breves ensayos, el último de los cuales se reproduce a continuación. 

El volumen se presentará, conjuntamente con Viaje sentimental, de Sandro Barella, también publicado por la misma editorial, en la Casa de la Lectura, Lavalleja 924 (Villa Crespo), el próximo jueves 14 de diciembre, a las 19 hs.

Una locomotora llamada melopeia

(Publicado originalmente en La música de la poesía, de Ediciones Del Dock, en 2012).

¿Por qué me tira tanto la temática ferroviaria? ¿De dónde me viene esa constante inclinación a usar imágenes relacionadas con el tren? Porque me tira, me tira... ¿O será que en realidad tira de mí, igual que la locomotora da tracción a los vagones que la siguen? Tal vez es eso: un motor que impulsa mi escritura y mis lecturas. Delante va el motor y detrás los vagones, dejándose llevar. Pero dejándose llevar con cierta musiquita: ta-tán, ta-tán, quetrén, quetrén... Sí; es posible que me identifique con los trenes porque, como yo, tienen locomotora: la que los mueve y les propone un ritmo. Y a mí se ve que tienen que moverme, y moverme con ritmo.
           
La poesía que me gusta tiene tracción a música. Está hecha de versos que se pueden canturrear. Guardo en la memoria (entre tantas otras cositas sueltas) una colección de partes de poemas que sé que me gustaron o me gustan pero que no recuerdo palabra por palabra. Lo que recuerdo es su música, y ciertas características sonoras que vuelven a desplegarse en su totalidad cada vez que los releo. Y son muchas las veces que el impulso de releerlos lo provoca la aparición espontánea de su musiquita, como desde un almacén mental de larga data que se autoactiva en random en los momentos más inesperados –en la calle, caminando, bajo influencia de unos mazazos contra la pared o invocados por el traqueteo del carrito de bebé sobre diferentes modelos de baldosas–  y me ofrece pintorescos popurrís. (De larga data, aclaro, porque los elementos incorporados en la infancia y la adolescencia no sólo no se borran, sino que suelen ser los primeros en aparecer).
           
Para armar un ejemplo:*

Wanted, wanted: Dolores Haze.
Hair: brown. Lips: scarlet.
Age: five thousand three hundred days.
Profession: none, or "starlet".

Brillan las moreras y los carolinos,
se hinchan los sarmientos de las viñas prietas,
y hay en los caminos
y en las ríspidas sierras violetas
una triste alegría pagana
que es oro en la tarde y oro en la mañana.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Rage, rage, against the dying of the light.

allá va
allá va
un satélite en el cielo...

Rage, rage, against the dying of the light.

Y ya que lo cité: igual que Dylan Thomas, me enamoré primero del sonido de las palabras. También a mí me sedujeron, al principio, las formas sonoras de las rimas infantiles más que las peripecias de sus personajes. Y poco a poco pude ver que esas formas sonoras entraban en contacto produciendo toda clase de música. No sólo la agradablemente melodiosa, la de métrica regular y rima exacta, la equipada con acentos internos que vuelven a un poema “poema cantable” (como el cantabilísimoWanted, wanted de Nabokov). También la musical rispidez con que ciertas palabras se miden entre sí, se entrechocan o se suben una encima de otra:

What are the roots that clutch, what branches grow...

O esas líneas sueltas que se nos instalan como si fueran estribillos, resurgen una y otra vez convocadas por ¿qué? Nunca se sabe: una idea que se mueve por el mismo camino sonoro, la intención de decir alguna cosa con iguales altibajos... la intención, incluso, de moverse con iguales altibajos:

El pasto, el sábado, surcado por las huellas...

A esta hora dignísima de la noche...

La tuairrequietudine mi fa pensare
agliuccelli di passocheurtanoaifari
nelleseretempestose...**

¡“Nelleseretempestose”! Acá Montale, sin duda por medio de la alquimia, logra una música tan  breve y tan exacta que repetir esta sucesión de tres palabras es casi como comer un caramelo. Y no es sólo el sonido (hay frases donde sí); me parece que interviene, además, otra cuestión, que es la musicalidad surgida del feliz alineamiento de una idea con la manera en que es expuesta (cuando forma + contenido = música). Comparar una sensación de inquietud con pájaros que se chocan contra los faros en las noches de tormenta es ya, en mi opinión, una forma de composición musical. Decirlo con las palabras de Montale es lograr que esa composición ofrezca no sólo placer intelectual y auditivo, sino también una cierta voluptuosidad gustativa.

Y hablando de ponerse frases en la boca, pienso que existen incluso palabras que funcionan como microcanciones. Cada uno tiene, según su gusto, una serie de palabras que disfruta pronunciar, como quien canta o tararea. Sílabas incluso o, para oídos sutiles, sonidos sueltos. Cuando se escribe siempre están ahí a mano, como recurso para impregnar el entorno con su posibilidad musical, para impulsar la frase (quetrén-quetrén) o para dar la nota.

Esta muy breve reflexión me llevó del poema a la estrofa, de la estrofa al verso suelto, y de ahí a la frase aislada, a la palabra tentadora, al fonema solitario y sin embargo cantor. Sólo me queda incluir el silencio, que arma y desarma melodías a un lado y otro de la barrera de mutismo. Silencio músico que gira entre las ruedas del
                        quetrén...   
                                             quetrén...
                                            enlenteciéndolas, cuando vamos llegando a la estación,

cuando volvemos a arrancar.                    



*Se puede imaginar, entre fragmento y fragmento, el chillido de la púa sobre el vinilo cuando el disc-jockey lo mueve hacia atrás y hacia delante.

** (Los versos que cité pertenecen –en orden– a Vladimir Nabokov, Alfredo R. Bufano, Jorge Teillier, Dylan Thomas, Leónidas Lamborghini, T. S. Eliot, Jorge Aulicino, Rodolfo Edwards y Eugenio Montale).

martes, 5 de diciembre de 2017

Los mentecatos de la RAE maquillan su diccionario para verse políticamente correctos, pero todos se dieron cuenta de que no es así

Con firma de Pedro Badahmondes Ch., La Tercera, de Chile, publicó el siguiente artículo el pasado 29 de noviembre. Trata sobre la curiosa idea que tiene de lo que es actualizarse la precámbrica Real Academia Española, anacrónica y risible institución que, como bien decía Jorge Luis Borges, debe asimilarse a superstición española.

Redefiniciones en la RAE:
expresión “Sexo débil” será considerada como “despectiva”

Hasta hace algunos años era usual leer u oír expresiones como “sexo débil” o “sexo fuerte” en medios de comunicación, publicidad e incluso en la literatura, para referirse coloquialmente a los universos femenino y masculino, respectivamente. Llama la atención, sin embargo, que la mismísima Real Academia Española (RAE), institución que pretende velar por el correcto uso del idioma en los tiempos que corren, aún conserve en su Diccionario de la Lengua las definiciones de “Conjunto de las mujeres” para la primera, y “Conjunto de los hombres” para la segunda.

Pero todo esto, según han dicho, cambiará a contar de diciembre.

Ya lo había anunciado la misma Academia en marzo pasado: cuando entre en vigencia la nueva versión de su diccionario, la expresión “sexo débil” –acuñada por primera vez en 1790– tendrá una marca de uso que indicará que ésta se utiliza “con intención despectiva o discriminatoria”, mas no será excluida, “dado que su uso está documentado”, han explicado desde la RAE. Algo similar ocurrirá con “sexo fuerte”, 30 años mayor que la anterior, y que dentro de pocos días aparecerá con la indicación de que se emplea “en sentido irónico”.

No es primera vez que la institución española debe añadir matices a su diccionario: en 2014, la palabra “gitano” aparecía asociada a “trapacero”, persona que “con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto”, se lee en el mismo. Desde entonces, a “trapacero” le sigue la nota: “Usado como ofensivo o discriminatorio”. Esta vez, sin embargo, la discusión en torno al uso específico de “sexo débil” ha traspasado los límites de lo lingüístico, convirtiéndola incluso en una de género.

En febrero pasado, la española Sara Flores, de 19 años y estudiante de segundo año de Marketing e Investigación de Mercados y Turismo en la Universidad de Cádiz, inició una campaña a través de internet, en la plataforma change.org. Bajo el lema #Yonosoyelsexodébil, la petición encabezada por la joven oriunda de Huelva pasó de las 73 mil firmas en marzo pasado, a las 159 mil durante los últimos días.

Ante la reacción y decisión de la Academia, sin embargo, la joven escribió en el mismo sitio web: “La RAE ha dado una respuesta que no es la esperada. Por eso quiero que juntos sigamos compartiendo y haciendo que esto no pare. Como mujer que soy, es normal que me sienta ofendida y también pienso que es una gran ofensa para todas las mujeres y para todas las que han luchado por que hoy en día tengamos derechos”.

Los ecos de la polémica en España se han vuelto tema de sobremesa y debate incluso entre los miembros de la Academia Chilena de la Lengua. “¿Qué es lo que pretende la RAE, hacer una compensación histórica?”, ironiza la poeta y miembro de la Generación del 50, Delia Domínguez. “Yo estoy absolutamente de acuerdo con quienes dicen que hasta cuándo con eso del ‘sexo débil’. Es una expresión machista y anticuada. De todas formas, yo he notado que se está usando menos aquí en Chile, no sé allá, pero es bueno que ambas estén de capa caída. Yo nunca las he usado, por cierto. Al final se trata de la mujer y el hombre, para qué darse tanta vuelta. Como dicen en el pueblo, la galla y el gallo”, agrega.

Distinto piensa el también poeta y Premio Nacional 2004, Armando Uribe: “No son las academias ni los supuestos especialistas los que deben regular el uso que se hace en el lenguaje de las expresiones y giros vividos por quienes hablan el idioma castellano”, opina. “El uso de la expresión ‘sexo fuerte’, por ejemplo, es antiguo y forma parte de los conocimientos básicos del idioma castellano, como un refrán, y los refranes no son cosa de la voluntad de los académicos sino de lo vivido por el pueblo que habla el idioma en cuestión. El calificar de ironía lo que no lo fue según su uso real desde hace siglos, es una broma de mal gusto realizada por académicos que no merecen ser escritores. Y el ‘sexo débil’ también está firmada por generaciones, y de ninguna forma es peyorativa, sino más bien protectora y auspiciadora del valor real de las seres humanos mujeres en nuestra lengua”, concluye.

NOTA:
Por si no quedó claro, "mentecato" significa "necio,tonto,falto de juicio o entendimiento". Puede usarse tanto como adjetivo o sustantivo.

lunes, 4 de diciembre de 2017

La traducción, ¿un oficio de sobrevivientes?

Si, un suponer, el próximo miércoles 6 de diciembre usted se encontrara en las inmediaciones del 4 de la rue de la Forge Royale, en el distrito XI de París, y tuviera ganas de escuchar algún tipo de reflexión sobre la traducción, podría decirse que tiene suerte, porque a las 19 hs francesas, en la librería Cienfuegos –hoy en día, la única librería latinoamericana de París–, los traductores Guillaume Contré, Ariel Dilon, Miguel Ángel Petrecca y Edgardo Scott van a estar dilucidando si la traducción es o no un oficio de sobrevivientes. Ahora, si nada de esto le interesa y quiere tomar vino gratis, también podría decirse que tiene suerte, pero ahí va a tener que calcular el tiempo que dure la mesa redonda para sólo entonces entrar y, previa felicitación a los traductores, brindar con ellos. Recuerde llevar abrigo: en París está haciendo frío. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

Sarah Maguire (1957-2017): "La traducción es lo opuesto a la guerra"

El siguiente obituario de la poeta y traductora Sarah Maguire (1957-2017) fue publicado en el diario inglés The Guardian, con firma de Kate Clanchy, el pasado 14 de noviembre. Aquí se ofrece en traducción de la poeta y traductora Silvia Camerotto.

Sarah Maguire, Poeta y traductora.

Sarah Maguire, que murió a los 60 años de cáncer de mama, fue durante veinticinco años una figura capital como poeta y traductora en la poesía británica. Sus tres series de poesía, Spilt Milk (1991), The Invisible Mender (1997) y The Pomegranates of Kandahar (2007), fundaron un nuevo campo poético referido a la preocupación por la naturaleza, el crecimiento y el cuerpo. En 2004, Sarah creó el Poetry Translation Centre (PTC) de la Universidad de Londres, cuyo objetivo es presentar a los principales poetas del mundo ante un nuevo público.

El PTC surgió de los talleres que inauguró durante una residencia en el Royal Literary Fund en Soas, entre 2001 y 2003. El centro difundió la práctica de Sarah de unir a un poeta y un lingüista y lograr así un poema en un inglés satisfactorio; el PTC ha traducido poetas de Corea del Sur hasta Somalía, con la participación de cientos de escritores. Como resultado, el PTC es una organización próspera e independiente, legado conforme a esta mujer vital, capaz y destacada.

Sarah, de madre irlandesa, nació y se crió en el oeste Londres, y fue adoptada por Edith y Eugene Maguire, ambos maestros de escuela, de un orfanato porque, según la leyenda familiar, ella era la bebé que sonrió al que iba a ser su padre. Brillante, sensible y rebelde, siendo becaria, abandonó Notting Hill y la escuela secundaria de Ealing para convertirse en la primera mujer jardinera de la municipalidad de ese distrito londinense, abriéndose camino por medio de una formación exigente que incluía largas listas de nomenclatura latina, así como también muchas horas dedicadas a rastrillar las hojas en el frío.

Sarah conservó el interés por la jardinería a lo largo de toda su vida, editando con posterioridad una antología, Flora Poetica (2003), de poemas hortícolas, pero a fines de la década de 1970 sus otros intereses –política radical, feminismo, salud mental y poesía–, la llevaron a involucrarse con Release, la agencia que asesora y representa a quienes son acusados por posesión de drogas. Allí Sarah se convirtió en trabajadora de la salud mental y conoció a espíritus afines como el del poeta Ian Duhig.

Este trabajo a su vez la llevó a obtener un título en Inglés en la Universidad de East Anglia, donde se graduó con honores e hizo muchos amigos. Comenzó un doctorado en Cambridge sobre la construcción de la feminidad en la novela del siglo XVIII, pero decidió centrarse en su floreciente carrera poética. A lo largo de la década de 1990, la lucidez de Sarah y sus opiniones tenaces y enérgicas la convirtieron en presencia vivaz en fiestas y en una crítica habitual y popular en el programa Kaleidoscope de la BBC Radio 4.

En 1996, ella fue la primera escritora enviada a Palestina por el British Council. Sarah vio la poesía del Medio Oriente y conoció poetas, en el centro de la vida política y cultural, y regresó con el compromiso de llevar al Reino Unido de dar a conocer todo eso. Comenzó a traducir poesía árabe contemporánea, trabajando con los poetas de ese origen y con la traducción literal, para crear un poema que, como ella dijo simplemente, "funcionara": un poema que conservara su significado original, pero que ganara un carácter auténtico en inglés. Sean cual fueren sus pruebas –Sarah que estaba obsesionada con la depresión–, nunca dudó de que el significado de la vida consistiera en ayudar a otras personas. Durante los siguientes veinte años, gran parte de esta ayuda fue dirigida a su proyecto de traducción.

En una conferencia en el festival de poesía Stanza, en 2008, Sarah describió la traducción como “lo opuesto a la guerra”, desarrollando por naturaleza propia las habilidades para negociar. Para ella también fue un proceso de adopción: posibilitando las relaciones entre lingüistas y poetas, y trasladando tanto poetas extranjeros como poemas a su familia creativa. Sarah tradujo e hizo versiones del poeta palestino Mahmoud Darwish, del poeta sudanés Al-Saddiq Al-Raddi y del poeta afgano Naderi Partaw, entre otros, y su propia obra fue traducida al árabe y al malayo. De las muchas relaciones que Sarah forjó con los poetas a través de la traducción, la más cercana fue con el poeta afgano, ingeniero y ministro de gobierno, Yama Yari, a quien conoció en 2003 y con quien tradujo una novela afgana, así como una cantidad de poesía.

Montar el PTC requirió de tenacidad, visión y de una gran generosidad de tiempo. Sarah demostró ser igualmente generosa, ya que hizo frente con su franqueza característica a su enfermedad final, para dejarse ir. Nunca fue fácil, pero siempre fue sincera, ingeniosa, amable y profundamente comprometida con los demás. Sarah es llorada por muchos amigos y poetas de todo el mundo cuyas voces fueron escuchadas gracias a su ayuda.