viernes, 6 de junio de 2014

¿Les suena?



Pablo Moíño Sánchez (Madrid, 1980) es narrador y jefe de redacción de la Revista de Erudición y Crítica. La siguiente columna fue publicada por El Trujamán el 3 de junio pasado.

                     La dignidad

Un día de verano te escriben de una editorial. Les han hablado de ti y quieren trabajar contigo en algunos libros. Ahora mismo ya podrían enviarte uno, te dicen, si estás interesado y disponible.

Como te pasas el día conectado por si las moscas, como ahora tienes poco trabajo, como te gusta mucho traducir, el primer impulso es responder volando, no vayan a arrepentirse y a avisar a otro traductor, algo como: «sísísísísísísísí :) :) :) :)». Pero piensas en tu dignidad y decides que mejor contestarás dentro de una hora. O dos.

En los cinco minutos siguientes navegas, es un decir, por internet, o abres la nevera, o te vuelves a lavar los dientes, o intentas trabajar en eso otro que tienes colgando. A los cinco minutos decides que el mensaje lo enviarás dentro de una hora, o dos, pero que mejor ir escribiéndolo ya.

Empiezas a escribir: no solo estás disponible, gracias, sino muy interesado en lo que publican; simplemente te gustaría saber cuáles son las condiciones, aunque la propuesta te interesa mucho. No, así no. Borras, rehaces, te pones digno, como si no los necesitaras. Depende, dices: depende de las condiciones, gracias. Pero tampoco es ese el tono. Borras. En fin: cuando terminas de escribir el mensaje, ya ha pasado una hora y media.

Te contestan enseguida, a los tres minutos, con el título, el autor, la tarifa y la fecha de entrega. Dudas si es un mensaje seco o simplemente apresurado. Por las faltas de ortografía, parece apresurado. Pagan, por otra parte, bastante poco. Decides negociar.

Empiezas a escribir otro mensaje: el libro tiene muy buena pinta, estás de acuerdo con la fecha límite, pero te preguntabas si sería posible negociar la tarifa, gracias, saludos. Para algo tan sencillo inviertes aproximadamente seis horas. Por el camino se han caído largos párrafos sobre la dignidad del traductor que no venían al caso.

Pasa ese día, y el siguiente, y el siguiente. No te contestan. Eso por listo, suspiras. Vaya.
A los cinco días vuelves a escribirles. Hola: he tenido problemas con el correo electrónico últimamente, así que es posible que no hayáis recibido mi mensaje de la semana pasada. Lo vuelvo a reenviar por si acaso. Gracias.

Te contestan a los dos minutos. Sí, sí lo recibimos, pero los planes editoriales han cambiado un poco; te escribiremos la semana que viene.

Después de pensarlo un poco, vuelves a escribir para decir que vale. En realidad lo haces para que tu mensaje quede en su bandeja de entrada y no se les olvide.

Pasan varias semanas. Escribes algún correo que te rebota: ausente por vacaciones. Es verano, no tienes trabajo: dudas, te agobias, casi te lamentas.

Mes y pico después, mensaje de la editorial. Que siguen interesados en que traduzcas el libro, pero que no pueden subir la tarifa. Y que la fecha límite ha cambiado. Ahora tienes la mitad de tiempo que antes.

Medio llorando, escribes un correo larguísimo sobre la dignidad, y también sobre el verano. Acabas borrándolo otra vez. Simplemente contestas que no, que tú habías pedido que te mejoraran las condiciones y te las han empeorado, y que así no trabajas.

Para tu sorpresa, te contestan a la media hora. Está bien, te dicen: dejamos la tarifa y la fecha tal como tú decías.

No te lo puedes creer. Te sientes orgulloso de ti. Esto es porque he peleado, dices. Ha merecido la pena esperar todo el verano para esto. He peleado y lo he conseguido, dices. Y empiezas a traducir. En condiciones dignas.

Traduces, pasa el tiempo, acabas el libro, lo entregas, entregas la factura, te dan las gracias. Pasa más tiempo, ya deberías haber cobrado, escribes para preguntar, ya no contestan. Vuelves a escribir. Pasa más tiempo. A los dos meses te dicen que la editorial ha decidido no publicar más libros durante un período de tiempo indefinido.

Tú, que otra cosa no pero buen lector eres un rato, comprendes lo que significa eso.

Escribes, espumas, pataleas.

Dignamente.

Fin.


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